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Publicado en Tribuna de Salamanca
15/01/98
Froilán Hidalgo, uno de los numerosos
hermanos del clan serrano que han roto moldes en eso de
manejar miles de millones, es un currante de la medicina
y uno de los últimos amigos cercano y cariñoso
que he descubierto en esta dorada madurez de mi vida.
Hubo una época en que me dediqué a coleccionar
enemigos.
Está de moda solidarizarse con
los cuatro mangantes a quienes descuartizaba en mis crónicas.
Se apuntaban a enemigos, incluso gentes a las que ni siquiera
conocía. Estuve a punto de enviar una lista de
esta fauna al Ministerio de Sanidad para que tuvieran
una estadística cierta de la insuficiencia mental
de ciudadanos aparentemente normales.
Inexplicablemente ahora, encuentro afectos
inesperados y no creo que obedezca a un cambio de conducta
en un ser tan manifiestamente incorregible. Debe ser porque
en este rincón de mis 'orillas' se me escapa un
pedacito de alma en cada artículo y la gente está
descubriendo unos sentimientos que antes no veían
con mi máscara de pendenciero.
También me sorprende sobremanera
que la fama de crítico crezca ahora cuando escribo
en la limitada parcela de un humilde periódico
provinciano. Con más oficio pero menos ilusión
y casi ninguna fe. Acabo de recibir un amplio reportaje
que me dedica una prestigiosa revista francesa: "Navalón,
resucitado por Internet".
Estos franceses, con esa clarividencia
cartesiana nos explican cosas que no entendemos ni teniéndolas
delante de las narices. Cuando murió 'Manolete',
sólo un crítico francés explicó
que la cogida fue por un error técnico de terrenos.
Cinco páginas con dos fotografías han sido
la gran sorpresa de este invierno cuando me creía
olvidado entre las lindes de 'El Berrocal'.
En una de las fotos aparezco en posición
yacente dentro de una de las tumbas visigóticas
del cercado de La Mora donde paren las vacas. "Así
querrían verlo sus enemigos". Y luego explica
la repercusión que tengo ahora en Francia con un
largo sumario de lo que llevo publicado este año.
Lo que todavía no saben en Francia
es que mi amigo Froilán me llevó un día
a la clínica para que me hicieran un exhaustivo
chequeo de este pobre cuerpo que milagrosamente sobrevive
a los estragos del tiempo. El doctor Hidalgo acaba de
superar una profunda depresión que lo ha tenido
meses hundido en el desencanto. Y ha vuelto a besar el
rostro alegre de la vida.
Yo estuve muy cerca de este amigo en ese
mal trago. Por eso cuando me vio el dolor en la cara como
descubrió otro día en la tertulia del 'Novelty'
el colega José María Francia, creyó
que era una dolencia física y me trajo alborozado
el brillante resultado de unos análisis donde aparte
de la puta tos del tabaco dicen que tengo veinte años
menos de los que soporto.
Pero los análisis no reflejaban
esas heridas recónditas de las lágrimas
que se tragan como si fueran bilis. Estará escrito
que a estas alturas de la vida me rodea gente sensible
que me quiere más de lo que merezco. Ya estaba
dispuesto a visitar un psiquiatra, para espantar tanto
pesimismo, cuando la profunda psicología de una
mujer providencial empezó a mirarme por dentro
buscando el remedio de mis males.
Una mujer que todos los días ve
morir a seres que lleva meses cuidando y se le van con
la inexorable puntualidad en las primeras horas de la
madrugada. Y después de un mes de acercamiento,
perdiendo horas de su precioso trabajo a mi lado, llamándome
por teléfono cuando sospechaba que estaba en las
horas bajas, me ha devuelto la fe de sonreír al
mañana y la víspera del día de los
Inocentes, después de una tarde entera como misionera
de mis entrañas, me ha dado el certificado para
seguir andando con ilusión por los caminos de la
vida.
Y cuando después de hermosas palabras
me dio un beso en la frente, llegué a la tertulia
de los periodistas y José María Francia,
el mismo médico que me descubrió la tristeza
aquel día, dijo después de un rato de humor:
"Ya has vuelto a ser el de siempre". Supe que
mi salvadora estaba en el parque de atracciones con los
hijos de una amiga. Fui a sorprenderla dando saltos de
alegría. La abracé con toda mi alma. Le
devolví otro beso en la frente y me vine a ver
nacer los becerros nuevos a 'El Berrocal'. Gracias a ella
yo también empezaba a nacer de nuevo...
ALFONSO NAVALON.
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