Las bogallas

Las bogallas, <<agallas de roble>>

En los primeros años es donde se van edificando todos nuestros gustos, donde se cristaliza nuestra personalidad, donde cuaja nuestro ser más verdadero. Tendríamos que remontarme a la niñez para hallar la raíz de nuestra afición a los toros. Hacer un ejercicio de memoria que, al mismo tiempo, casi es un repaso a una pequeña parte de la Historia de España, la nuestra; igual que la de muchos que tuvieron que abandonar el lar de sus ancestros.

Son las ocho de la mañana cuando la madre nos despierta con dulce voz para que nos levantemos. Fuera hace unos tres o cuatro grados bajo cero. La helada deja los campos blancos de la escarcha. Para esa hora el brasero y una buena taza de leche caliente ya están esperando en la mesa. El brasero debajo. La taza, con su correspondiente nata de un dedo, quitada para la merienda. No hay en el mundo merienda más rica que una buena hogaza de pan con nata y azúcar. El fuego del hogar, como en casi todos los pueblos de Castilla, crepita y calienta toda la casa con esos troncos de leña de roble. Después del aseo, con un agua que sale igual de fría que el carámbano, nos va desperezando para dar cuenta de unas buenas migas de pan frito con manteca de cerdo. Preparamos la cartera con los dos cuadernos de Rubio, uno de caligrafía y otro de matemáticas, así como la enciclopedia de primer grado de Alvarez. Metemos también la pizarra y los lápices de tiza (por cierto, al cabo del año estrenábamos dos o tres pizarras pues en los juegos diarios siempre terminaba por romperse) y camino de la escuela.

Cuando salíamos por la puerta, tenemos las suficientes calorías como para no notar el frío de la mañana; y las tenemos, además, para ir por encima de los carámbanos que se forman en los regatos, a la orilla de la carretera que lleva a la escuela; alguno se rompe, y nos vemos con el pie mojado en el agua helada casi toda la mañana; y con una buena bronca de la madre cuando llegamos a comer, ya que el dolor de los sabañones descubre la trastada; es decir, hay días que la helada no es lo suficientemente fuerte como para que no se rompa el carámbano; y pueda con el peso de un niño de seis años.

Con el frío de la helada, ya en la escuela, el brasero vuelve a ser protagonista: todos alrededor hasta que llega el maestro. Este, nada más llegar, lo coloca debajo de su mesa y la clase tarda en entrar en calor. Había días que no se podía ni escribir en la pizarra, no se podía agarrar el lápiz de tiza.

A la hora del recreo hay que ponerse en fila con el vaso de plástico para que nos toque el correspondiente vaso de leche en polvo; leche que, comparada con la de casa de primera hora, sabe a rayos, pero por lo menos, algunas veces, nos calentaba un poco la barriga. Los sacos estaban en un cuarto donde, en innumerables ocasiones, veíamos las ratas corretear entre ellos. Por eso y porque nunca nos hizo falta en casa nada, no solía ponerme en la cola, lo que pasa es que era obligatorio. Decían que si la mandaban los americanos; en los sacos se leía “Regalo del pueblo americano al pueblo español. No se puede vender ni comprar”. O algo así. Ahora nos damos cuenta de que, ya hace mas de cuarenta años, trataban de envenenarnos con sus polvos y comidas hechas con no se sabe qué, quizás por eso desde entonces no me caen nada bien.

Salíamos a las doce y media y no entrábamos hasta las tres. Había tiempo suficiente para jugar ya que las tardes en invierno eran cortas y además era cuando había que hacer los deberes. Los juegos eran los normales, los chicos a la picocha, las canicas, los toros, las incipientes chapas, que era el último grito, pero sobre todo, las bogallas; las chicas (que además iban a clases distintas que los chicos) tenían las muñecas de papel, quitando y poniéndoles vestidos, la comba, y el tejo (que hacían unos cuadrados en el suelo y andaban saltando con un pie) ya sabéis… ¡cosas de chicas!

Aunque, la verdad, cuando más disfrutábamos era en primavera y verano; los días eran mas largos, había otros juegos y otras preocupaciones: ir a por nidos, trillar, etc. Tenemos que decir que en nuestra familia nunca se ha trillado, pero nos escapábamos de la siesta yendo con algún amigo a la parva de sus padres a trillar; para el amigo era una obligación, para nosotros, un juego. Luego llegábamos a casa y, claro, castigados por haber estado toda la tarde al rachisol. Mas todo tenía su encanto y entre diversiones y castigos iban pasando los días. Decir que a pesar de los castigos impuestos por la madre, casi nunca cumplíamos ninguno: para eso estaba el abuelo que los levantaba.

Diréis que dónde está ese origen de la afición por los toros. Ahora veréis: tenía una colección de bogallas buena; teníamos de todo: toros, vacas, churros… !ah, bueno ¡… si, os iba a contar lo que eran las bogallas; mirando en el diccionario pone: “bogallas: agalla de roble”; pero para nosotros eran los toros, era la ganadería; hacíamos en el suelo prados, plazas, cercados y mangas, donde nos pasábamos horas y horas encerrando y toreando en el suelo; las bogallas más grandes eran las vacas; luego hay otras que son mas chicas, eran los toros; y luego estaban los churros, que eran las bogallas pequeñitas; con un palito las íbamos encerrando cambiándolas de prados; y tentando los toros como en cualquier ganadería.

De vez en cuando pasábamos de las bogallas a jugar al toro; pero esto era un poco más complicado, nadie quería hacer de toro; todos queríamos ser el torero. (Por cierto algún día contaremos como nos hacíamos con los cuernos; y el trabajo que llevaba el cocerlos y quitarles el tuétano… ¡dejaba un olor por toda la casa de la leche!) Éramos, además, un poco gallitos ya que el abuelo nos solía llevar, de vez en cuando, al corral de D. Domingo Miguel del Corral a darle algunos pases a algún churro que había traído de esos moruchos; la mayoría de las veces no embestía; pero el sacarle algún pase ya era un triunfo.

Hay que decir, modestia aparte, que era de los mejores con las bogallas, siempre tenía de los que más; y no era porque se ganara nada, simplemente jugábamos a ser ganaderos; cuando íbamos al campo traíamos los bolsillos llenos: las mejores, nos las guardábamos; y las que se iban desechando, las regalábamos a los amigos; tenía cajas enteras de ellas; alguna vez también sirvieron para comprar algún chicle bazoca o pipas; vendíamos algunas por unas cuantas perras gordas. Por supuesto, las que no corrían o las que se desviaban de los cercados porque no rodaban bien, se eliminaban.

Si los niños volvieran a estos juegos… ¿dónde irían esas multinacionales de los video-juegos de despanzurrar gente?... ¿dónde irían esa multinacionales de los balones, el chándal y las zapatillas que se hacen del petróleo, como materia prima, y explotando niños del tercer mundo?... Claro, sigue interesando cargarse el tinglado de los toros…

Así eran nuestros juegos; como veis gracias a los toros; y gracias a ellos nuestra afición ha perdurado en el tiempo; no nos llegó la cultura basura de matar marcianos o malos en los videojuegos; ni veíamos el puterío de la tele; a lo más a lo más que llegábamos era a leer, de vez en cuando, el TBO, el Capitán Trueno o el Jabato. En muchas ocasiones, gracias al dinero que nos proporcionaba vender alguna corrida de... bogallas.


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